En un intento por capitalizar el éxito del gore y la crudeza que caracterizan a ‘Terrifier 2’, Eli Roth ha lanzado al mundo ‘Dulce sabor a muerte’, un filme que parece rescatado de un estante polvoriento de un video club de antaño. La premisa del proyecto podría parecer interesante: niños desatados que se deleitan en actos de violencia extrema. Sin embargo, el resultado es desastroso, como una serie de tropiezos creativos que jamás logran alcanzar el nivel de genialidad del que se inspiran. En lugar de ofrecer un enfoque fresco y audaz al horror, Roth entrega una repetitiva y monótona experiencia que carece de cualquier profundidad, resultando en un mero espectáculo vacío.
La película se convierte en un festival interminable de mutilaciones y asesinatos, donde la anarquía se presenta como el único hilo conductor. Pero conforme avanza el metraje, lo que en un inicio puede parecer provocador se convierte rápidamente en cansino. Al quinto acto de barbarie, el espectador ya no siente ese impacto que se busca; se transforma en una mera observación desinteresada de una sucesión de crímenes grotescos. Esto es algo que tanto el cine de gore como el arte del horror han aprendido con el tiempo: lo menos es, muchas veces, más. Sin embargo, nunca parece aterrizar en la mente de Roth, quien parece decidido a agotar cualquier noción de horror a través de la sobreexposición.
Las influencias de Roth son evidentes, pero lo que resulta aún más sorprendente es el uso de la inteligencia artificial en el proceso creativo, que se refleja en diálogos artificiales y situaciones forzadas. Diálogos robóticos y chistes supositorios intentan parecer ingeniosos, pero su falta de humanidad resulta desconcertante. La joven protagonista incluso toca temas serios como la bulimia de una manera que carece de profundidad y sensibilidad, revelando una falta de entendimiento de los matices emocionales que deberían estar presentes en la narrativa de cualquier tipo de obra. ‘Dulce sabor a muerte’ se presenta así como un producto creado por alguien que busca un chiste fácil, pero sin el talento necesario para hacerlo bien.
A medida que la película avanza hacia una desenlace predecible, la falta de sustancia se vuelve cada vez más evidente. Roth parece estar intentando mezclar varios géneros – comedia negra, horror sangriento y hasta comentarios sociales – pero el resultado es un batiburrillo que no logra cohesionar. Con un humor que es a menudo demasiado forzado y un diseño narrativo que no ofrece giros interesantes, la película se convierte en un ejercicio de frustración. Merecería ser vista como un intento fallido más que como un trabajo memorable que aborda lo que significa el horror y la inocencia juntos.
Finalmente, la realidad que enfrenta ‘Dulce sabor a muerte’ es la de una obra que intenta provocar y trascender, pero que no logra mayor impacto que el de una ceniza al viento. Lo que podría haber sido una reflexión intrigante sobre la violencia infantil y la pérdida de la inocencia se pierde en un mar de clichés y escenas que se sienten excesivamente forzadas. Lo que queda es una mera sombra de lo que pudo ser una original exploración en el cine de terror. En resumen, Roth no ha logrado ofrecer más que un eco vacío detrás de una máscara de morbo, dejando a los espectadores con la amarga sensación de que quizás, solo quizás, lo mejor sea dejar a los helados y al horror en caminos separados.










