La inteligencia artificial (IA) ha revolucionado la manera en que interactuamos con la tecnología y ha prometido un futuro lleno de maravillas y eficiencia. Sin embargo, este progreso no viene sin costos ocultos. Ramón López de Mántaras, investigador del Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial, destaca que, en lugar de eliminar el trabajo humano, la IA lo está transformando y precarizando. A medida que las grandes corporaciones prometen un futuro donde los seres humanos se dediquen a la creatividad y el ocio, millones de trabajadores anónimos se ven atrapados en la sombra, contribuyendo con su esfuerzo y sufrimiento a mantener la maquinaria de la IA en funcionamiento. La realidad es inquietante: la visión de un futuro utópico contrasta con la explotación sistemática de una fuerza laboral masiva que trabaja por sueldos miserables y en condiciones laborales deplorables.
Los denominados “data workers” o trabajadores del clic son en gran parte los héroes invisibles detrás de la IA. Estos individuos se encargan de tareas esenciales como clasificar imágenes, transcribir audios y depurar datos. Según Mary Gray y Siddhart Suri, su trabajo es crucial para que los algoritmos sean funcionales y, sin embargo, su esfuerzo es prácticamente ignorado en el discurso sobre la inteligencia artificial. John P. Nelson ha señalado que los chatbots que percibimos como inteligentes no existirían sin la intervención constante de estas personas. De hecho, se estima que entre el 4,4 % y el 12,5 % de la fuerza laboral mundial ya participa en esta economía digital invisible, que se perpetúa en la oscuridad y el silencio.
Una de las facetas más perturbadoras del trabajo en la IA es la carga emocional y psicológica que enfrentan muchos de estos trabajadores. Para entrenar sistemas que filtran contenido violento o pornográfico, estas personas se ven obligadas a consumir y clasificar material perturbador y dañino. El impacto en la salud mental es devastador, causando trastornos como ansiedad, depresión y en muchos casos, trastorno de estrés postraumático, como revela el documental ‘Les sacrifiés de l’IA’. Sin embargo, a pesar de este sufrimiento, el apoyo psicológico es escaso y muchas veces inexistente, ya que las empresas a menudo optan por mantener estos aspectos en el anonimato, protegiendo así su imagen corporativa mientras ignoran la explotación en la que están implicadas.
La estrategia de subcontratación de grandes empresas tecnológicas aumenta aún más la vulnerabilidad de estos trabajadores. Frecuentemente radicados en países con salarios bajos y poca regulación laboral, estos «proletarios digitales» se encuentran en situaciones precarias, donde sus derechos laborales son más una ilusión que una realidad. La explotación económica se asemeja a la de épocas coloniales, beneficiando a los grandes capitales de Silicon Valley mientras deja a trabajadores de naciones como India, Kenia o Filipinas en condiciones inhumanas. Esta dinámica perpetúa un ciclo de daño social y psicológico que puede durar generaciones, ya que el acceso a oportunidades laborales dignas y la protección de los derechos humanos son aplastados por el deseo corporativo de maximizar beneficios.
A medida que se calienta el discurso sobre el papel de la IA en la sociedad, se torna cada vez más urgente desafiar la narrativa distorsionada que la rodea. La noción de ‘largoplacismo’, popularizada por figuras como el filósofo Nick Bostrom, sirve a menudo como justificación moral para desentenderse de las realidades actuales de explotación y sufrimiento. Este enfoque se convierte en un argumento conveniente para sacrificar a millones de trabajadores en aras de una hipotética salvación futura. A medida que el uso de la IA se expande, también lo hace la necesidad de una reflexión ética y una regulación efectiva que aseguren que el avance tecnológico no se base en la destrucción de la dignidad humana. La pregunta fundamental no es si la IA acabará con el trabajo, sino cómo podemos crear un futuro donde la innovación sea sinónimo de justicia social y respeto por todos quienes la hacen posible.










