María Teresa Adriasola, la destacada poeta chilena que se esconde tras el seudónimo de Elvira Hernández, hizo historia el año pasado al convertirse en la segunda mujer en recibir el Premio Nacional de Literatura en Chile, honor que había logrado previamente Gabriela Mistral en 1951, año de su nacimiento en Lebu. Con esta distinción, Hernández no solo se une a las filas de las grandes poetas chilenas, sino que también se convierte en una voz fundamental en la literatura contemporánea del país. En una reciente conversación con El Magallanes, la autora de «Pájaros desde mi ventana» y otros dieciséis libros reflexionó sobre los desafíos que ha enfrentado a lo largo de su carrera y su relación con temas como la dictadura, el territorio y la poesía. «El poeta tiene que estar en un plano trasero, para ser observante de lo que ocurre», afirmó, subrayando la importancia de la observación en su escritura.
Durante su primera visita a Puerto Williams, un lugar que había alimentado su imaginario por décadas, Elvira Hernández manifestó que, aunque había conocido el mapa, pisar el territorio era una experiencia totalmente diferente. Rememoró el conflicto del Beagle en los años 70, relacionado con Argentina, y reflexionó sobre cómo la imaginación puede variar en comparación a la realidad vivida. La poetisa también trajo a colación la influencia del sismo en la identidad chilena, subrayando que, a pesar de ser un fenómeno constante en la vida del país, no siempre se traduce en la escritura literaria. Esta dualidad entre el aislamiento y la vida social se convierte en un tema recurrente en su obra, donde la literatura deviene un espacio tanto de introspección como de comunidad.
Al hablar de Gabriela Mistral, Hernández destacó cómo su poesía es frecuentemente simplificada, limitándose a poemas didácticos que no capturan la complejidad de su obra. Mistral, quien ha sido una gran inspiración para Hernández, escribía sobre niños pero también creaba poesía que requiere un profundo tiempo de lectura y reflexión. Esta complejidad y necesidad de meditación son elementos que también resuenan en la obra de Hernández. Ella investiga su propia experiencia vital, que transita desde lo cotidiano hacia lo extraordinario, tratando de capturar la esencia del país sísmico en el que vive, aunque admita que la representación de los terremotos es escasa en su poesía.
El contexto de la dictadura en Chile ha marcado significativamente la escritura de Elvira Hernández. Vivir en un país donde la censura limitaba el lenguaje y se negaba la participación en la vida pública generó un profundo impacto en su perspectiva. En su poesía, considera que hay elementos del espacio público que emergen como un reflejo de la vida cotidiana y de una comunidad que aún anhela la libertad de expresión. A través de sus palabras, Hernández se convierte en una vigilante del lenguaje, utilizando la poesía para cuestionar y abrir diálogos en un contexto donde muchas voces fueron silenciadas. La poetisa considera que la literatura tiene un papel crítico y vigilante, la cual se nutre de una historia colectiva marcada por el sufrimiento y la resistencia.
Finalmente, Hernández hablar sobre el profundo sentido de nostalgia que experimenta por su tierra natal, Lebu, y cómo este sentimiento ha influido en su escritura. Desde su salida a los cinco años, el mar y el olor a dicha localidad han quedado grabados en su memoria, alimentando su poesía. Al ser galardonada con el Premio Nacional de Literatura, el 4 de septiembre del 2024, a sus 73 años, Hernández reflexionó sobre el impacto de este reconocimiento en su recorrido. Aunque enfatizó que no escribe por premios, la emoción de ser validada tras años de trabajo la llevó a considerar la importancia de volver a su esencia como poeta. En esta búsqueda de su lugar primitivo, la escritora se enfrenta a la tarea de dar cierre a sus proyectos inconclusos, demostrando que, incluso en el reconocimiento, el corazón de una poeta sigue anhelando el silencio y la introspección del trabajo creador.










